Significado de los sueños

Soñar con un mercado

También buscado como: supermercado · tianguis · el mercado · de compras · haciendo compras

El mercado, el supermercado, el tianguis, la tienda: un sitio donde se compra, con gente o sin ella, con los estantes llenos o pelados. De los quince símbolos de esta tanda es el que mejor sostienen las dos fuentes tradicionales, y conviene decirlo porque no suele pasar: coinciden en el mismo eje, en la misma dirección, y llegaron a él por su cuenta. La comida tiene su página, el dinero la suya y el gentío la suya; aquí se lee el lugar. Y antes de las variantes, el ánimo: ¿ibas a gusto, con apuro, sin encontrar lo que buscabas, con la sensación de que había demasiada gente?

Lecturas por contexto

Lleno o vacío, que es el eje entero

El catálogo del siglo II abre su capítulo de la plaza de mercado por el ruido: es un sitio de revuelo y de bullicio, dice, por el gentío que se junta en él. Para él, el mercado es ruido antes que trato. El diccionario de 1901 llega por otro lado — estar en un mercado lo asociaba con laboriosidad y con mucha actividad en toda clase de ocupaciones —, y esa diferencia de punto de partida hay que dejarla dicha en vez de presentarla como coincidencia: uno está leyendo negocio y el otro está leyendo bullicio. Pero desembocan en lo mismo. El antiguo remata que, para quienes viven en la plaza o de la plaza, verla apretada de gente y en pleno revuelo es bueno. Y el diccionario, en su entrada de la tienda, asocia la que está vacía con esfuerzos que no llegan a nada y con roces; en la del mercado, el mercado vacío lo cargaba hacia un ánimo plano y detenido — su palabra ahí es de las que esta casa no usa, y queda traducida. Dos fuentes, dieciocho siglos de distancia, mismo eje: lleno se lee de una manera y vacío de otra. La mitad vacía, con su lectura doblada, está registrada en la página del desierto y desde aquí se enlaza.

Depende de qué sea ese sitio para ti

Con firma del antiguo, y es la idea más útil que este símbolo tiene para alguien que soñó con un supermercado. El mismo mercado apretado y ruidoso es revuelo para quien pasa por ahí y es sustento para quien vive de él. La lectura no la decide la escena: la decide el lugar que ocupas en ella. En otro capítulo suyo hay una línea que va en la misma dirección y que no necesita traducción ninguna: administrar un mercado, decía, trae reclamos hagas lo que hagas, porque es imposible hacer ese trabajo y librarse de la queja. Es una línea de oficina metida en un capítulo de plaza y es sorprendentemente moderna. Y una nota de método que aparece dentro del propio diccionario, en su entrada de las subastas: cuando el sueño dejaba desasosiego al despertar, él trataba ese desasosiego como parte de la lectura y no como ruido. Es exactamente la regla de esta familia — la emoción manda sobre la imagen — asomando dentro de una de sus fuentes, y vale la pena señalarlo.

La mercancía se lee aparte del lugar

Segunda pata, más estrecha, y a esa altura se queda. El diccionario: ver verduras o carne pasadas lo asociaba con pérdidas en lo propio, y en otra entrada, la de los comestibles, los géneros frescos y limpios los asociaba con desahogo y comodidad — esa condición de lo fresco es la misma que la página de la comida ya carga, así que aquí se enlaza y no se vuelve a derivar. El antiguo lo dice desde el otro extremo: todo el provecho que le veía al que administra el mercado venía de que es quien revisa el abasto. Es decir, el estado de lo que hay para vender se lee por separado del estado del sitio. En este mismo terreno hay que declarar una diferencia interna del diccionario, porque él mismo se remite de una entrada a otra y no las concilia: su tienda grande carga favorable — la tienda ardiendo la asociaba, cosa rara, con actividad renovada, y la tienda surtida de mercancía, con prosperidad y avance — mientras que su tienda pequeña carga desfavorable, asociada a que a uno lo estorben en todo intento de avanzar. La partición es suya, no nuestra, y no está explicada; se registra tal cual.

Freud sin mercado, y hasta dónde llega esta lectura

De símbolo del mercado, su primer volumen no trae nada: las apariciones de la palabra que la extracción recogió no son doctrinales, y una de ellas quedó descartada de entrada por registro. Lo que sí da, y sirve más, es su doctrina de lo reciente y lo indiferente, la misma en la que se apoya la página del trabajo: el sueño se arma con el material del día anterior, incluidos los mandados. En el análisis de otro sueño suyo aparece de pasada una verdura que le gusta y que casi siempre le traían del mercado — y ese es justamente el tipo de detalle sin importancia con el que él dice que se construyen las escenas. Traducido: el recado que hiciste ayer es exactamente la clase de material con el que un sueño levanta un decorado. Y aquí se registra, una sola vez para toda la familia, la regla que permite leer cualquier sitio público: el catálogo antiguo extiende la lógica de la plaza de mercado a todo espacio público — nombra, entre otros, los teatros y los arrabales — de modo que la calle, el parque, la plaza o la fiesta celebrada en un sitio abierto heredan la misma lectura de gentío. Esas páginas se apoyan en esta regla y no la repiten. Del mismo capítulo queda una curiosidad que él ni siquiera afirma, y que se transcribe con su matiz puesto: de una plaza sembrada, decía que *algunos dicen* que da la vuelta a la suerte de una ciudad, en un sentido o en el otro. La parte de escasez colectiva no se recoge; lo interesante es la inversión, y esa es suya.

Para reflexionar

Cuéntala: ¿cuánta gente había? Mucha, poca, nadie, no te fijaste. Es lo primero que miran los dos libros, y lo último en lo que se fija uno al despertar. Y luego la mitad despierta: eso que hoy te ocupa, ¿está más lleno o más vacío de gente de lo que te gustaría?

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