Significado de los sueños

Soñar con el trabajo

También buscado como: trabajar · la oficina · oficina · mi trabajo · chamba · laburo · empleo

Estar trabajando en el sueño: en la oficina, en el taller, en un sitio que se parece al tuyo y no lo es, haciendo algo tuyo o algo que no sabes hacer. Esta página es el trabajo y el lugar donde ocurre; la persona a la que le respondes tiene la suya, la de tu jefe, y las dos se disparan juntas cuando conviene. Una nota de inventario que ordena todo lo demás: el diccionario de 1901 no tiene palabra para el empleo moderno. No trae negocio, ni ocupación, ni fábrica, ni oficina como sala — su «cargo» quiere decir tener un puesto público, no el cuarto donde uno trabaja, y esta página no convierte una cosa en la otra. Lo que sí tiene es la labor: hacerla, verla hacer, buscarla. Y el eje de siempre: qué se sentía ahí dentro — soltura, agobio, evaluación, prisa.

Lecturas por contexto

Lo que se lee es el resultado dentro del sueño

El acuerdo aquí es de los más limpios de esta familia, y es además de los pocos accionables. El diccionario asocia estar metido de lleno en el trabajo con un logro merecido, ganado a fuerza de concentrar energía. El catálogo del siglo II lo dice como regla general y en abstracto: de todo aquello que uno aprendió, le enseñaron y ejerce de verdad — oficios o artes, da igual —, soñarse trabajando en ello y saliendo bien es bueno para cualquiera, sin distinciones. Y el diccionario vuelve por su cuenta desde otro ángulo: ver a otros trabajando lo asociaba con condiciones que acompañan, y trabajar uno mismo, en su entrada de la labor, con un panorama favorable para lo que se está empezando. Las dos fuentes ponen la lectura en lo mismo: no en el oficio, no en el lugar, sino en cómo salió la cosa dentro del sueño. Y tienen su contrapeso en el mismo libro moderno: el laboratorio, donde asociaba estar con energías grandes gastadas en empresas que no dan fruto, y la maquinaria, donde quedar enredado lo asociaba con pérdida y con mucho desánimo. Traducido a esta casa: si en el sueño el trabajo salía, la lectura es una; si se atascaba, se enredaba o no rendía, es otra — y ninguna de las dos habla de tu puesto.

La rejilla del antiguo, que es más fina de lo que parece

Va con firma, porque es suya y no tiene par en la otra fuente. Él no lee «trabajar»: lee cuatro casillas, cruzando si el oficio es tuyo con si te sale bien. Imaginarse haciendo algo que uno nunca aprendió y que salga bien lo leía como algo bueno, sí, pero difícil y apenas alcanzable. Fallar en el oficio propio lo asociaba con cosas puestas justo enfrente de lo que uno se propone. Y fallar en el que no es de uno tenía para él un desenlace distinto y muy preciso: no pérdida — burla, por haberse afanado en vano en una tarea ajena. Esa distinción entre perder y quedar en ridículo es una observación psicológica fina para un libro del siglo II, y es lo que hace que esta pata valga sola. Si tu sueño era de estar haciendo un trabajo que no es el tuyo, la pregunta que él haría no es si te salió, sino qué temías que dijeran.

El sitio y las herramientas se leen por el trabajo, no aparte

Segundo acuerdo, más estrecho, y a esa altura se queda. El catálogo antiguo lo enuncia como regla, y encima en dos libros distintos: si alguien se imagina ejerciendo un oficio, sea lo que sea lo que ese oficio apunte, los artesanos, sus talleres y sus herramientas apuntan a lo mismo; y en su segunda formulación, los talleres que uno observa se cumplen del modo en que se cumplen sus artesanos. El diccionario no lo enuncia, pero lo practica: su escritorio, su taller y su maquinaria se leen todos por lo que se está haciendo con ellos. La única excepción que el antiguo se pone a sí mismo es que las herramientas cargan además un sentido por lo que hacen: lo que corta y divide lo asociaba con escisiones y discordia, y lo que alisa, con el fin de una hostilidad. Dos ejemplos bastan, y no van como lista porque en su libro sí lo son. Y aquí hay que declarar una diferencia interna que la página no esconde: el escritorio en uso, para el diccionario, era mala suerte imprevista; para el antiguo, una herramienta en uso no tiene tono propio y toma el del oficio. No es un choque frontal — están midiendo cosas distintas —, pero el escritorio del moderno no puede quedar como si fuera «lo que dice la tradición».

Freud sin símbolo, y la línea que hace falta si estás sin trabajo

De simbolismo del trabajo, su primer volumen no trae nada, y se dice. Trae dos cosas mejores para esta página. La primera es su doctrina de lo reciente y lo indiferente: el sueño se arma con material del día anterior, y él lo demuestra sobre sus propios días de oficio — la monografía que había escrito, una conversación con un colega, el laboratorio, el asunto de su cátedra. Es decir: en su propio libro, la vida laboral del soñador es la materia prima habitual de sus sueños, y lo dice él. La segunda es un detalle doméstico suyo que da gusto: describe su casa de dos pisos comunicados, con la consulta y el despacho abajo y las habitaciones privadas arriba, y la subida de cada noche desde el trabajo terminado hasta la cama. El sueño había tomado la forma de su trayecto entre trabajar y no trabajar. Y para cerrar, la línea que un lector que soñó con quedarse sin empleo necesita de verdad, que es del diccionario y va sola: andar buscando trabajo lo asociaba con salir beneficiado por algo que no se sabe de dónde vino. Con la regla de esta casa aplicada con fuerza: un sueño de perder o de no tener trabajo se escribe como la presión que hoy llevas con ese asunto, jamás como noticia sobre tu puesto.

Para reflexionar

Antes de leer nada más, contesta una sola cosa sobre la escena: ¿te salió bien? No si el trabajo te gustaba ni si el sitio era el tuyo — si la tarea, dentro del sueño, llegó a hacerse. Es la pregunta que las dos fuentes hacen antes que cualquier otra, y la que casi nadie se hace al despertar.

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