Significado de los sueños

Soñar que gritas

También buscado como: grito · gritos · a gritos · no podía gritar · chillar · me quedé sin voz

Gritar en un sueño, o intentarlo: abrir la boca y que no salga nada, llamar a alguien y quedarte sin voz, oír a otro gritando. Honestidad de inventario antes de leer, porque aquí hace falta: ninguna de las dos fuentes tradicionales tiene entrada de gritos — ni el diccionario de 1901, que no lo recoge, ni el catálogo del siglo II, que no le dedica capítulo. Lo que sí tienen los dos, y bastante bien trabajado, es la VOZ: qué se dice, cómo suena, y qué pasa cuando no sale. Así que esta página se arma con tres entradas vecinas de un lado y un capítulo del otro, y lo dice, igual que hicieron las páginas del ex y de la persona que te gusta con sus propias ausencias. Y un aviso de registro que este símbolo pide más que ningún otro: aquí no se nombra ni se insinúa ninguna dolencia del dormir, ni se reparte etiqueta de nada. Lo que gobierna las variantes es qué sentiste al despertar — apuro, alivio, rabia, o el susto de haber querido gritar sin conseguirlo.

Lecturas por contexto

El grito que no sale

Es la escena que más se consulta de esta página, y la tradición la trata mejor de lo que cabría temer. El catálogo del siglo II tiene un capítulo dedicado a la lengua, y de él sale la lectura: hablar con claridad, con la lengua bien hecha para su boca, le parecía cosa buena para cualquiera; y no poder hablar, o quedarse trabado, lo asociaba con falta de éxito y con estrechez. Ni aviso, ni cuerpo, ni cosa oculta: para él era una imagen sobre poder o no poder hacerse valer. El diccionario de 1901 opera con la misma bisagra desde su entrada sobre las voces, aunque partiendo por el tono en vez de por la capacidad: las voces agudas y airadas las asociaba con desencuentros y con situaciones que no acompañan, y las tranquilas y agradables, con volver a entenderse. Los dos hacen de la voz una medida de posición y de alcance. Traducido: el sueño en que quieres gritar y no puedes rara vez habla del cuerpo — suele hablar de un sitio donde no te estás haciendo oír.

La razón que dio el catálogo antiguo

Vale la cita aparte porque es un argumento, no una asociación, y es bastante notable. Su explicación de por qué la lengua trabada se asocia con estrechez es esta: la escasez le quita a uno la libertad de hablar. Y la apoyaba con un verso al efecto de que el hombre vencido por la pobreza no puede decir ni hacer nada, porque tiene la lengua atada. Es una idea social, no una idea sobre gargantas: no hablas porque no tienes desde dónde. Puesta en presente y sin economía de por medio, sigue funcionando entera — el sueño de la voz que no sale suele acompañar situaciones en las que hablar te cuesta algo, o en las que sientes que tu palabra no tiene peso donde debería tenerlo.

Lo fuerte y lo bajo

La única estructura que el diccionario de 1901 le regala a este símbolo, y está repartida entre dos entradas suyas que conviene leer juntas. Empecemos por su cláusula más útil, que es la del ruido capaz de despertarte: él la tomaba como un cambio de asunto, y la distinción vale conservarla desnuda, porque un sonido dentro del sueño y un sonido que te saca del sueño no son el mismo suceso — el resto de esa entrada, el sonido extraño que queda dentro, lo cargaba de malas nuevas y eso no se conserva. Del otro lado está el susurro, y también ahí lo interesante es la segunda cara: el susurro que llega como consejo lo asociaba con estar uno necesitando ayuda y criterio. Su primera cara, el susurro que rodea y comenta, apunta a lo que se dice de uno a media voz. En nuestra clave, y sin fortuna de por medio: el volumen de un sueño suele estar retratando cuánto espacio sientes que ocupa hoy tu voz — desde el susurro que no se atreve hasta el grito que no encuentra a quién dirigirse.

Quedarse clavado

Freud dedicó atención a la sensación de no poder terminar un acto empezado dentro de un sueño, y aquí conviene ser exacto con el reparto: su formulación general — la parálisis soñada y lo que él entendía que expresaba — está registrada en la página de soñar que corres, y esta no la repite. Lo que esta página añade es lo que aquella no cuenta: que él se pasó un día entero trabajando sobre esa sensación y esa misma noche produjo, casi a pedido, un sueño que la contenía — subía una escalera a saltos, felicitándose por su agilidad, hasta que apareció alguien bajando, sintió vergüenza, quiso apurarse y se encontró incapaz de mover un pie. Lo que interesa aquí no es el desenlace sino la familia en que él lo colocaba: el acto que se empieza y no se termina — moverse, avanzar, hablar — como un fenómeno frecuente del soñar y digno de estudio por sí mismo, no como aviso ni como cosa del cuerpo. La vergüenza de aquel sueño vive en la página de soñarse desnudo. Y si lo que te dejó fue angustia, la regla que explica por qué esa angustia es la parte más real del sueño está en la página del llanto.

Para reflexionar

Ahora, despierto y sin nadie mirando, di en voz alta la frase que en el sueño no te salió. Aunque no sepas cuál era: invéntala. Lo interesante no es acertar — es notar cuánto cuesta decirla incluso a solas, y a quién se la estabas diciendo.

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