El grito que no sale
Es la escena que más se consulta de esta página, y la tradición la trata mejor de lo que cabría temer. El catálogo del siglo II tiene un capítulo dedicado a la lengua, y de él sale la lectura: hablar con claridad, con la lengua bien hecha para su boca, le parecía cosa buena para cualquiera; y no poder hablar, o quedarse trabado, lo asociaba con falta de éxito y con estrechez. Ni aviso, ni cuerpo, ni cosa oculta: para él era una imagen sobre poder o no poder hacerse valer. El diccionario de 1901 opera con la misma bisagra desde su entrada sobre las voces, aunque partiendo por el tono en vez de por la capacidad: las voces agudas y airadas las asociaba con desencuentros y con situaciones que no acompañan, y las tranquilas y agradables, con volver a entenderse. Los dos hacen de la voz una medida de posición y de alcance. Traducido: el sueño en que quieres gritar y no puedes rara vez habla del cuerpo — suele hablar de un sitio donde no te estás haciendo oír.