El caso de Padua, que es lo mejor que este símbolo tiene
Va con firma y contado entero, porque esta página es su casa y las demás de esta tanda apuntan aquí. Freud cuenta que durante años, mientras andaba metido en el estudio de los sueños, lo persiguió una imagen tozuda: en una posición precisa respecto de él, a su izquierda, un cuarto sin luz con varias esculturas grotescas. Un recuerdo lejano y del que desconfiaba le decía que aquello era la entrada de una cervecería, pero no lograba aclarar ni de dónde venía la imagen ni qué hacía en sus sueños. Años después volvió a una ciudad italiana en la que no había podido estar desde su primer viaje. En aquel primer viaje había ido a ver unos frescos y había tenido que dar media vuelta al enterarse de que estaba cerrado. Doce años más tarde rehizo el mismo camino para desquitarse — y cerca de la iglesia, a su izquierda, probablemente en el punto exacto donde la primera vez se había dado la vuelta, encontró el sitio que tantas veces había soñado, con sus esculturas grotescas. Era la entrada al jardín de un restaurante.
Lo que sale de ahí, con su firma, es la mejor noticia que esta tanda de páginas le puede dar a nadie: un lugar que vuelve en sueños y que se siente cargado de sentido puede resultar ser un sitio donde estuviste una vez y dejaste de poder recordar. No es un mensaje. Es una memoria. Y el ejemplo que él mismo usa para demostrarlo es, casualmente, un restaurante.