La figura que no reconoces suele ser tuya
Aquí ocurre algo que en este corpus casi no pasa: dos autores separados por dieciocho siglos, trabajando con métodos que no tienen nada que ver, llegan a la misma frase. Freud lo dice por teoría: sostenía que el soñador participa siempre en el propio sueño, sin excepción — los sueños son del todo egoístas —, de modo que cuando en la escena visible solo aparece un desconocido, se puede dar por hecho que el yo del soñador se ha escondido detrás de esa figura, y hay que devolverlo a la escena; y al revés, cuando uno sí aparece, la situación en que está puesto puede indicar que detrás de él hay otro. Artemidoro llega ahí por observación de resultados, y lo deja generalizado sin rodeos: las figuras cercanas que uno no reconoce son figuras de lo que le atañe a uno mismo. Debajo de esa regla está el caso que le sirvió para formularla — si la figura es desconocida, lo que ocurra en la escena le toca al que observa; y si es alguien conocido, le toca a esa persona. La coincidencia vale precisamente porque los caminos no se parecen. Y hace falta añadir lo que ninguno de los dos dice: esto no vuelve irreal ni prescindible a nadie. Si soñaste con alguien que extrañas, la regla no te está diciendo que esa persona no importe — está diciendo dónde buscar la lectura.