Significado de los sueños

Soñar con una ciudad

También buscado como: el centro · al centro · pueblo · una ciudad desconocida · en la ciudad

Una ciudad entera: verla desde fuera, andar por ella, estar en un centro que no reconoces del todo, o reconocer de golpe uno en el que viviste. No es la calle — eso es el interior de la ciudad y tiene su página — ni el barrio, ni el viaje que te lleva hasta ahí. Es el asentamiento como una sola cosa. Y conviene decir de entrada que las dos fuentes tradicionales no responden lo mismo aquí, cosa rara en esta familia: es el símbolo donde más claramente se contradicen, y esta página lo deja contradicho. Empieza, como siempre, por el ánimo: ¿la ciudad del sueño se sentía ajena, familiar, ancha, agobiante? Ese dato reparte las lecturas de abajo.

Lecturas por contexto

La contradicción, dicha sin arreglarla

El diccionario de 1901 aporta sobre las ciudades una proposición, y ninguna otra llegó a la mesa de esta página — que no lo disimula, porque la honestidad de inventario es parte de la lectura. Soñarse en una ciudad extraña lo asociaba con un cambio de casa o de modo de vida hecho a disgusto. Eso es todo lo que trae: su ciudad es desarraigo, y nada más. El catálogo del siglo II responde a la misma pregunta — cómo leo una ciudad que no conozco — con una escala en lugar de un veredicto: observar ciudades a las que uno no está acostumbrado es *menos bueno*, dice, no malo; y el matiz es suyo, así que aquí se transcribe tal cual y no se sube de tono. Están respondiendo lo mismo y no coinciden. La gradación es del antiguo y la sombra es del moderno, y la página dice cuál es cuál en vez de promediarlas en un «las ciudades son ambiguas» que no diría ninguno de los dos.

El estado del sitio se lee sobre el estado de quien lo sueña

Aquí sí hay acuerdo, y es el que sostiene la página. El catálogo antiguo lo dice por el lado bueno: es bueno ver ciudades pobladas, bien llevadas, con abundancia — y cualquier otra cosa que indique la grandeza o la prosperidad de una ciudad. El diccionario lo dice por el lado contrario y en otra entrada, la del pueblo pequeño: cuando el pueblo aparece venido a menos, o el sueño mismo se ve borroso, lo cargaba hacia el disgusto y la tristeza. Y su entrada de las ruinas empuja igual, aunque su primera mitad apila desgracias colectivas que aquí no se reproducen; lo que sobrevive de ella es su segunda línea, más fina: las ruinas antiguas las asociaba con andar mucho mundo, con una nota de melancolía metida dentro de algo esperado durante mucho tiempo, y con la falta que hace alguien que no está. Esa es exactamente la regla que la página de la casa ya carga para la vivienda, ahora a tamaño de asentamiento: si soñaste una ciudad deshecha, estás teniendo la experiencia de aquella página en grande, y conviene leer las dos.

El sitio conocido es el amable, y la ecuación del antiguo

El otro acuerdo es más pequeño y más cálido. El catálogo antiguo abre su párrafo de ciudades diciendo que es mejor ver las más familiares — nombra la patria de uno, y las ciudades donde uno pasó tiempo y le fue bien — que las demás. El diccionario dice lo mismo desde su entrada del pueblo: volver al pueblo donde uno fue chico lo asociaba con sorpresas gratas y con noticias de amigos que están lejos. En su otra línea sobre ese mismo sitio pequeño hay además una mención al cuerpo que esta casa no recoge, y se dice; lo que queda es la parte de estar bien provisto. Y en el remate de aquel párrafo antiguo aparece la frase más citable que este símbolo tiene en cualquiera de los dos libros, dicha por él sin rodeos: las patrias apuntan también a los padres. Va con su firma, sin el caso que él le colgó detrás, que esta casa no reproduce. Es una afirmación limpia de su simbolismo de parentesco y rima con otra suya que ya viven las páginas de la madre y del padre; se enlazan, no se funden.

Las ciudades de Freud: la que se quiere y la que es dos a la vez

Este es el único símbolo de la tanda donde Freud aporta una tercera pata propia, y es suya y está en el volumen que aquí se puede citar. Cuenta una serie de sueños con una misma ciudad, y dice él mismo cuál era la base común: el deseo vivo de viajar allí en una época en que lo creía aplazado por mucho tiempo. En uno, el sueño lo pone ya dentro y lo que ve no tiene nada de ciudad — un río pequeño y turbio, roca negra a un lado, praderas anchas con flores blancas al otro — y termina preguntándole el camino a alguien que apenas conoce; él anota que preguntar el camino es en sí una alusión, porque todos llevan allí. En otro, alguien lo sube a una colina y le muestra la ciudad envuelta en niebla, todavía tan lejos que le asombra verla tan nítida: el deseo de ver la tierra prometida desde lejos, dice, y él mismo rastrea la niebla hasta la primera ciudad que vio con niebla en su vida. En otro está por fin ahí, parado en una esquina, sorprendido por la cantidad de carteles en otro idioma — y debajo hay un deseo distinto, el de encontrarse con un amigo suyo en esa ciudad y no en otra. De todo eso saca, más adelante, la regla que cierra el asunto: el sueño identifica dos ciudades y las intercambia, sostenido por el deseo de que una sea la otra.

Puesto en una sola frase, y con su firma: la ciudad soñada suele ser una ciudad querida, y suele ser más de una ciudad a la vez. Se la puede ver y no alcanzar; se puede llegar y que no se parezca a sí misma; puede ser otra llevando su nombre. Es un eje distinto del de las dos fuentes tradicionales y no compite con ellas.

Para reflexionar

Nombra, sin pensarlo mucho, un sitio al que todavía no has ido y que te gustaría ver. No hace falta que sea el del sueño — es más interesante si no lo es. Lo que importa es cuánto tardaste en encontrar el nombre: hay temporadas en que sale enseguida y temporadas en que uno descubre, ahí mismo, que hace tiempo que no desea ningún lugar en particular.

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