Significado de los sueños

Soñar con tu madre

También buscado como: mamá · mami · mamita · mi mamá · mi madre · mis padres

Tu madre en el sueño: en la cocina de siempre, hablándote, llamándote desde otro cuarto, o simplemente ahí sin hacer nada en particular. Es de los sueños más consultados que existen y también de los que más se cargan de miedo, así que conviene decir de entrada lo que esta página no hace: no lee la vida de nadie real, ni la suya ni la tuya con ella, y no toma ninguna escena soñada como noticia sobre una persona de carne y hueso. Si tu sueño fue con una madre que ya no está, la lectura de esa visita vive completa en la página de los muertos, que la trae con su propio cuidado. Aquí leemos la figura, y el dato que ordena las variantes es el de la casa: qué te dejó la escena al despertar — sosiego, ternura, apuro, un nudo. La emoción manda sobre la imagen.

Lecturas por contexto

La figura en su sitio, y lo que eso retrata

Este es el acuerdo, y llega desde dos sitios muy distintos. El catálogo del siglo II lo dejó dicho en el capítulo más limpio que tiene sobre parentesco, el de los padrastros: para él, el padre y la madre son como la tierra de uno — el suelo conocido, el sitio del que se viene —, y la figura ajena que ocupa ese lugar es como un país extranjero. El diccionario de 1901 no razona nada y aterriza igual: ver a la madre tal como aparece en su casa lo asociaba con que las cosas de uno salen bien. Ninguno de los dos está hablando de ella. Los dos están leyendo el suelo que pisa quien sueña. En nuestra clave: la madre soñada en su ambiente y sin sobresalto suele acompañar temporadas en que tu base — la de verdad, la que sostiene lo demás — está más firme de lo que crees.

Lo que la figura hacía, y sobre todo lo que decía

Segunda coincidencia, más estrecha: ninguna fuente lee la aparición a secas, las dos parten por el comportamiento. En el catálogo antiguo la bisagra es el trato de la figura; en el diccionario, la diferencia entre estar con ella conversando y oír que te llama desde algún sitio. La conversación la asociaba con noticias buenas de asuntos que traen inquieto a uno. Y la llamada — aquí traducimos de raíz, porque su lectura era un reproche moral y esta casa no reparte reproches — vale como imagen desnuda: hay sueños en que alguien te nombra, y lo que queda al despertar es la sensación de estar siendo requerido por algo. Quién te llamaba es lo de menos: el asunto está en qué te llamaba. A esto el mismo autor antiguo le añade una regla que vale para toda esta familia: tenía una lista corta de figuras a las que, si hablan en un sueño, hay que creerles, y en ella puso a los padres junto a los maestros — su razón era que unos traen a la vida y otros enseñan cómo hay que vivirla. Si en tu sueño ella dijo algo, ese algo merece que lo escribas antes de que se te borre.

La equivalencia antigua: el oficio, la ciudad, la tierra

Fuera del acuerdo, y con firma, lo más singular del capítulo que Artemidoro dedicó a la madre. Su lectura no era doméstica sino de equivalencias: anotaba que a nuestro oficio solemos llamarlo «madre», y que atenderla en el sueño lo leía como no estar ocioso y vivir del propio trabajo; para el hombre público, la figura valía por la ciudad y sus asuntos; y en el fondo de todo ponía la tierra misma, y con ella el origen de uno y la fortuna que administra sus cosas. De ahí sacaba dos consecuencias que vale la pena reportar: la escena reconciliaba a quien estaba enemistado con su madre y volvía a juntar a los que vivían separados, y devolvía al viajero a su tierra — o lo mandaba a donde ella estuviese. Aquí también se ve la divergencia de registro entre los dos libros, y la dejamos a la vista: el diccionario moderno lee estos sueños como noticias sobre los asuntos del soñador, el catálogo antiguo como declaraciones sobre dónde está parado. La página se queda con las dos, porque no se estorban.

Cuando en el sueño ella muere

Es el sueño que más asusta de todos los de esta página, y hay que decir tres cosas en el mismo aliento. La primera es que la forma general de estos sueños está leída en la página de los muertos, con su regla del afecto, y no se repite aquí. La segunda es de Freud, con nombre propio, y solo se sostiene entera: observó que este tipo de sueño suele recaer, en cada quien, sobre el progenitor de su mismo sexo, y lo explicó por una preferencia muy temprana que hacía del otro un rival en la cabeza de un niño; y dijo con todas sus letras el límite de su propia idea — la teoría no afirma que el soñador desee eso ahora, sino que aquello existió una vez, en la infancia, y él mismo reconocía que el límite no termina de tranquilizar a nadie. La tercera es la que hace habitable a las otras dos, y también es suya: para un niño pequeño, «estar muerto» no era más que haberse ido y no estar estorbando, sin distinguir todavía entre un viaje y otra cosa. Sobre esto, el cierre de esta casa: un sueño así no dice nada de tu madre real, ni de su vida, ni de la tuya con ella. Y si lo que te dejó fue llanto, el llanto tiene su propia página y su propia regla.

Para reflexionar

Vuelve un segundo a la escena y fíjate en un detalle que casi nunca se mira: ¿qué edad tenías tú ahí dentro? Hay sueños en que uno se sueña de la edad que tiene y otros en que aparece bastante más chico. La respuesta ordena todo lo demás.

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