Significado de los sueños

Soñar con la calle

También buscado como: camino · avenida · carretera · callejón · esquina · la calle · vereda

Estar en una calle: una avenida, una esquina, un callejón, la vía de siempre vista de otro modo. Un reparto que hay que hacer en la primera línea, porque de él depende todo lo demás: la idea del camino como curso de una vida — con su cuesta, su llano, su angostura — no es de esta página. Vive entera en la de perderse, que la trae del capítulo antiguo de los caminos, y aquí no se repite ni una línea. Lo de aquí es más simple y más común: estar en la calle, que es estar en un sitio que no es de nadie y es de todos. Y el eje que ordena las variantes: cómo se sentía estar ahí — de paso, tranquilo, apurado, o con la sensación de que te miraban.

Lecturas por contexto

La calle es donde uno queda a la vista

Las dos fuentes llegan a esto por caminos distintos, y por eso vale como acuerdo. El diccionario de 1901 lo trae por el ánimo: andar por una calle lo asociaba con preocupaciones cargadas y con sentir muy lejos la meta que uno se puso — su registro es de mala suerte y aquí queda en lo que describe, que es una inquietud que se lleva encima. En la misma entrada tiene una línea que hay que traducir con cuidado: pasar por una calle temiendo que alguien salga a asaltarte, que él leía como estar adelantando algo por terreno que no da confianza. Esa es la lectura que se conserva; esta casa no le dice a nadie dónde está a salvo. El catálogo del siglo II lo trae por la clasificación, y es su aporte doctrinal a toda esta familia: separa una clase entera de sueños — la de los asuntos públicos — y la define por sus contenidos, entre ellos las plazas, las murallas y lo que se levanta en una ciudad para el común. La calle pertenece a esa clase por definición. De ahí sale la lectura conjunta: un sueño de calle no es un sueño privado; es la escena en la que los asuntos de uno quedan a la vista de otros. Y su callejón, en una entrada aparte, empuja hacia lo mismo con menos fortuna: lo asociaba con un ánimo menos prometedor que antes y con preocupaciones que se acumulan.

Lo que llena la calle es lo que decide

Y aquí las dos fuentes vuelven a coincidir en el mecanismo, aunque no en el tono. En el diccionario, la misma calle se lee por su luz y por quién más anda en ella: la calle conocida de una ciudad lejana, vista brillantemente iluminada, la asociaba con un rato de diversión que pasa rápido y no deja nada — favorable por fuera, hueca por dentro. En el catálogo antiguo, el espacio público se lee por si el gentío está o no está: lleno tiene una lectura, vacío tiene otra. La mitad vacía está registrada en la página del desierto y desde aquí solo se enlaza. Y la regla general de la que esto se desprende — que todo espacio público comparte la lógica de la plaza de mercado — está registrada una sola vez, en la página del mercado; esta página se apoya en ella y no la reproduce. Traducido: si tu sueño de calle tenía algo memorable, casi siempre era la luz, el gentío o su ausencia. Ahí es donde vale la pena mirar antes que en el trazado.

El bordillo, y la calle que se lee dos veces

Dos cosas con firma, las dos del diccionario. La primera es la más pequeña y la más útil: pisar el bordillo de la acera lo asociaba con subir de posición y con quedar bien considerado por los conocidos y por la gente en general; y bajarse o caerse de ese mismo bordillo, con la vuelta entera de esa suerte. Un escalón de quince centímetros cargando el vuelco más grande de todo su libro. La segunda es una rareza suya que conviene señalar: esa calle conocida de una ciudad lejana, cuando aparece sin luz, la asociaba con un viaje próximo que no dará el provecho ni el gusto que se esperaba. Fíjate en lo que hace: lee la misma calle dos veces, iluminada y sin luz, y las dos veces sale desfavorable — una por hueca de contenido, otra por hueca de provecho. Con eso queda dicha la divergencia de esta página, que no es un choque sino una diferencia de marco: el diccionario está leyendo un estado de ánimo y es uniformemente sombrío; el catálogo antiguo está leyendo una categoría y es neutro de tono. No se promedian. Cada uno responde una pregunta distinta.

El caso de Freud, que es literalmente de una calle

Freud no dejó símbolo de la calle, y se declara. Lo que dejó, en el primer capítulo de su primer volumen, es mejor que un símbolo, y es el hallazgo que sostiene a toda esta tanda de páginas: el escenario de un sueño suele ser un lugar real en el que estuviste y que dejaste de poder recordar. Entre los casos que recoge hay uno que le ocurrió a un paciente suyo y que es de una calle: el hombre soñó el nombre de un licor, no se lo creyó, y después lo encontró en un anuncio pegado en una calle por la que pasaba dos veces al día desde hacía meses. Eso es lo que el sueño estaba haciendo con la calle: no mandarle un mensaje, sino devolverle algo que había visto tantas veces que había dejado de verlo. Es, además, la lectura más tranquilizadora que este símbolo admite, y la que conviene probar primero.

Para reflexionar

Vuelve un momento y fíjate solo en la luz: ¿era de día, de noche, había farolas, estaba todo igual de claro? Casi nadie recuerda la calle de su sueño y casi todo el mundo recuerda cómo estaba alumbrada. Y luego la segunda mitad, que es la que sirve: eso que hoy llevas entre manos, ¿lo estás llevando con luz suficiente, o a tientas?

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