Lo único que el antiguo dice de una orilla, y es de lo mejor que dice
El catálogo del siglo II no tiene capítulo de playa, ni de orilla, ni de costa, ni de arena: se buscó y no lo hay. Lo que sí tiene, metido dentro de un párrafo que va de otra cosa, es una proposición suelta sobre las orillas, y va entera aquí porque es de las líneas más amables de aquel libro. La razón le sale antes que la lectura, y es una escena: al que lleva horas dentro de un temporal, ver aparecer la costa le devuelve de golpe lo único que quería, que es que aquello se acabe. De ahí lo saca él, y lo parte por a quién le toca — al que está pasando un mal tramo, la orilla la asociaba con reponerse; y a cualquiera, con la esperanza misma. No es un aviso y no anuncia nada: es una asociación limpia, va con su firma y llega sin necesidad de traducirle el registro. Lo que viene después en ese mismo párrafo ya no es de aquí: remite hacia atrás, a lo que apunta el mar y a lo que tiene que ver con el mar, y eso pertenece a las páginas del mar y de los barcos.
El diccionario de 1901, por su parte, no tiene entrada de playa, ni de orilla, ni de costa: tiene entradas para las cosas que uno se encuentra en una. Puesto junto, y es verdad y es interesante: **la playa como sitio al que se va es una idea moderna, y los dos libros tradicionales son anteriores a ella.** En su mundo hay mar, que es una potencia; hay barcos, que son empresas; y hay una orilla que se mira desde el agua, por alguien que necesita llegar a ella. La franja de tierra en la que una persona se queda a pasar el rato no es una categoría para ninguno de los dos. Fechar así una idea es parte del oficio de este catálogo, y sale gratis.