Significado de los sueños

Soñar con la playa

También buscado como: la playa · la arena · arena · la orilla del mar · costa · malecón

La playa: la arena, la orilla, el malecón, el muelle. Es decir, la tierra donde uno se para a mirar el agua — porque el agua misma no es de esta página. El mar tiene la suya y allí está su doctrina entera, incluida la escena de mirar las olas desde la orilla; el agua turbia o clara tiene la suya, nadar la suya, bañarse la suya, los barcos la suya. Y una advertencia que hay que dar antes que ninguna lectura, porque este es el símbolo que más fácil se infla: las dos fuentes tradicionales traen poco aquí. Unas cuantas líneas sueltas en una y, en la otra, una proposición sola — pero ésa es buena, y es de las pocas francamente amables de todo el libro antiguo. Poco no es nada: esta página no lo va a presentar como si fuera una tradición, y tampoco lo va a esconder. Y como siempre: ¿cómo se sentía esa playa — ancha, vacía, con gente, con ganas de meterse o de quedarse fuera?

Lecturas por contexto

Lo único que el antiguo dice de una orilla, y es de lo mejor que dice

El catálogo del siglo II no tiene capítulo de playa, ni de orilla, ni de costa, ni de arena: se buscó y no lo hay. Lo que sí tiene, metido dentro de un párrafo que va de otra cosa, es una proposición suelta sobre las orillas, y va entera aquí porque es de las líneas más amables de aquel libro. La razón le sale antes que la lectura, y es una escena: al que lleva horas dentro de un temporal, ver aparecer la costa le devuelve de golpe lo único que quería, que es que aquello se acabe. De ahí lo saca él, y lo parte por a quién le toca — al que está pasando un mal tramo, la orilla la asociaba con reponerse; y a cualquiera, con la esperanza misma. No es un aviso y no anuncia nada: es una asociación limpia, va con su firma y llega sin necesidad de traducirle el registro. Lo que viene después en ese mismo párrafo ya no es de aquí: remite hacia atrás, a lo que apunta el mar y a lo que tiene que ver con el mar, y eso pertenece a las páginas del mar y de los barcos.

El diccionario de 1901, por su parte, no tiene entrada de playa, ni de orilla, ni de costa: tiene entradas para las cosas que uno se encuentra en una. Puesto junto, y es verdad y es interesante: **la playa como sitio al que se va es una idea moderna, y los dos libros tradicionales son anteriores a ella.** En su mundo hay mar, que es una potencia; hay barcos, que son empresas; y hay una orilla que se mira desde el agua, por alguien que necesita llegar a ella. La franja de tierra en la que una persona se queda a pasar el rato no es una categoría para ninguno de los dos. Fechar así una idea es parte del oficio de este catálogo, y sale gratis.

Lo poco que sí hay del lado moderno, y una lectura nuestra dicha como nuestra

Del diccionario quedan unas pocas líneas y no se presentan como más. Estar de pie sobre un muelle lo asociaba con salir adelante en la pelea por el reconocimiento — su lenguaje ahí es de época, muy encendido, y aquí queda reducido. De la arena, su entrada completa es una sola frase con tintas de escasez colectiva que esta casa no reproduce: lo que sí se puede hacer con ella, y va marcado como lectura nuestra y no como suya, es leer la arena por lo que es — un suelo que no sostiene, que es además lo que un lector moderno suele querer decir cuando sueña con arena. La segunda mitad de la entrada del muelle es la mejor del grupo y forma un par limpio con la primera: intentar llegar a un muelle y no conseguirlo lo asociaba con perder aquella distinción que uno más quería. Y de los caracoles y conchas recogidos por la orilla: su lectura moraliza sobre el gusto y aquí se reduce a lo que la imagen dice sola, que es recoger algo que después no queda. Esas son las cuatro cosas. Ni una más.

La playa que ya habías pisado

Aquí es donde esta página se vuelve útil, y viene de Freud. Entre los casos que él recoge en el primer capítulo de su primer volumen sobre lugares soñados que resultan ser recuerdos olvidados, hay uno que no es suyo — lo cuenta de segunda mano, a través de otro autor, y así hay que presentarlo, como uno de los casos que él reúne y no como doctrina propia. Un hombre soñó con una mujer rubia que sentía haber visto antes y a la que no lograba ubicar; al despertar, la cara seguía nítida y seguía sin reconocerla. Se volvió a dormir, la misma imagen volvió, y esta vez él le habló y le preguntó si no había tenido el gusto de verla en alguna parte. Ella le contestó que sí y le nombró una playa. Despertó de golpe y recordó con claridad completa las circunstancias reales a las que aquella imagen pertenecía.

En una página donde lo tradicional cabe en un puñado de líneas, eso vale tanto como todas ellas juntas: una playa soñada suele ser una playa donde estuviste. Y en este caso el sueño hasta se lo dijo con palabras, que es por lo que la anécdota se cuenta. Fíjate además en que se lleva bien con lo que decía el antiguo, aunque llegaran por caminos que no se parecen en nada: los dos leen una orilla como el sitio donde algo se reconoce y algo se afloja. No es un acuerdo entre fuentes y no se presenta como tal — cada uno responde una pregunta distinta —, pero apuntan en la misma dirección y conviene decirlo. Un cierre de reparto y una prudencia: si tu sueño no era de estar en la orilla sino de que el agua te llevaba, esa lectura no es de aquí. Y si lo que recuerdas es solo arena, sin saber si era mar o desierto, la página del desierto es la otra mitad de esa duda y conviene mirar las dos.

Para reflexionar

Antes que nada, la pregunta literal: ¿existe? ¿es una playa a la que has ido? Dedícale un minuto real a intentar ubicarla — el año, con quién, qué edad tenías. En este símbolo, más que en ningún otro de esta tanda, la respuesta suele aparecer si uno insiste, y cuando aparece la pregunta de qué quiere decir se disuelve sola.

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